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martes, 16 de octubre de 2012

La historia


Quién soy.
Me llamo Victoria. Tengo veintinueve años.
Y no sé por dónde seguir. Recién venía en el auto, pensando en todas las cosas que tenía para escribir al respecto y ahora no se me ocurre ni una.

Estoy a punto de terminar un libro en el que nueve mujeres son reunidas por su psicóloga. Ella está convencida de que “las heridas empiezan a sanar cuando se rompen las cadenas del silencio.” Estas mujeres cuentan sus historias: la mayoría de edades diferentes (desde 19 hasta setenta, creo), y cada una con una experiencia de vida distinta a las demás. Esto es lo que pensé después de leer a algunas.

Francisca. Aprende a vivir con la relación con su madre porque, según ella, cosas así no se superan. Hace lo único importante que podía hacer: quebrar la línea de la repetición, “mis hijas están a salvo”, dice. Pensé en el “acto” de aceptar y todavía estoy lejos de hacerlo, ni sé si estoy en camino. En principio, de aceptarme. Dicen que se empieza por uno –quererse, respetarse–, así que tal vez una vez que acepte quién soy pueda aceptar las cosas, hechos, personas.  Creo que mi problema con la aceptación es que no puedo verme ni a nada ni nadie realmente, sino a través de mis fantasías (¿imaginación? No recuerdo el nombre que le puso mi psicóloga). Conocemos las consecuencias: desilusión y enojo, con frecuencia. Con respecto a quebrar la línea de repetición (escribí la línea de repetir errores y cuando leí unos renglones más arriba la corregí), me pregunto si es posible. Pienso en qué es lo que se puede cambiar. 

Mané. Es una señora mayor que dice que quizás la solución esté en tener un pequeño proyecto cada día Bien podrías estar viva o muerta cuando no hay una razón para levantarse cada mañana. También dice: a veces solo pido eso, una mano en el pelo antes de quedarme dormida para siempre.
El último tiempo creía que frases como viví la vida que deseás; los únicos límites son los que inventamos; que lo único que tenemos el presente, eso justamente, un regalo. Y más… Y cuando las escucho es como si me inyectaran energía y ganas de generar, de construir, de amar. Pero después, por algún motivo que no logro vencer aquello que me detiene, todo eso queda, a lo sumo, anotado en un cuadernito en el que a veces –tal vez cuando me distraigo– me animo a escribir. Yo confío en estas palabras, en su verdad, y también creo en mi capacidad. Sin embargo, está ese algo que me frena  –soy yo, ya lo sé– y eso es lo que me frustra y muchas veces me hace sentir que “bien podría estar viva o muerta”. No sé cómo luchar contra mí. O tal vez se trate de bajar la guardia y tenga que aprender a reconciliarme (como decía arriba, a aceptarme).

Andrea. Es una mujer que tiene todo: es una periodista exitosa (famosa), tiene una buena posición económica, un marido y dos hijos. Sin embargo, se va al desierto sola porque necesita vacaciones de la vida real. Supone que todos odiamos “la vida real”, y que sabemos cómo nos aplasta si no la tomamos en dosis.
Esto me lleva directo a mis viajes, a todas las escapadas. Hasta hace muy poco no las consideraba como tales, pero creo haber empezado a ver que lo son. Que las necesito porque una vez que logro alejarme de la vida cotidiana me siento mucho más liviana. No puedo identificar nada en mi forma de actuar o ser que difiera de cuando estoy en “mi vida real”, sin embargo, mi estado es bastante diferente. Por nombrar algo, me “animo” a conversar, a conocer. Y vuelvo a escribir. Es tonto, pero es como si estando lejos no hubiera nadie que fuera a censurar lo que tengo para decir.
Ya ni sé adónde quería ir con todo esto.

Entonces pienso en quién soy, en mi historia.
No puedo describirme. La semana pasada me encontré comparándome con cientos de mujeres –todas reunidas en un mismo salón–. No hablé con ninguna, solo con verlas sus vidas se mostraban fantásticas. Todas ellas, plenas. Todas. Y también estaba yo. Eso es lo que me pasa.

Hemos hablado de la importancia de la palabra, y creo que puede tener que ver con lo que dice la psicóloga del libro: “las heridas empiezan a sanar cuando se rompen las cadenas del silencio”. Probablemente podamos seguir jugando con la palabra y, con suerte (casi como por casualidad), ver qué cadenas hay por romper. 

Se trata de eso, de la historia. Tu historia.
Como siempre, ella lo dice así de simple. Me quedo pensando y no puedo más que darle la razón. Otra vez, me doy cuenta de que no soy capaz  de leer entre líneas, nado en la superficie. Esta vez no me ahogo. Busco palabras, aunque me cueste oír algunas, empiezo a reconstruir.

lunes, 20 de agosto de 2012

Princesa de exportación

Es que no te das cuenta, sos material de exportación, de categoría premium, eh. Una princesa, una princesa de exportación.



miércoles, 25 de julio de 2012

Quiero una remera

Quiero una remera. Repito que quiero una remera y no me canso.
"¿Cómo la querés?" Me pregunta.
"¿Como cómo la quiero?" Respondo con una pregunta aunque entiendo perfectamente lo que acabo de escuchar.
"Claro, ¿cómo la imaginás? Contame cómo es la remera que querés."


Habla, tiene razón en todo lo que dice y no puedo más que enojarme. Y llorar. Mi boca cerrada, la mandíbula tensa. Finalmente puedo decir que no quiero una remera amarilla ni ajustada. Tampoco muy suelta. Que no sea lisa, pero no sé qué decir de rayas o estampas. Creo que escote en V, con mangas cortas. Digo un par de cosas más y me quedo callada. Recuerdo que nunca fui a buscar una remera en particular. Que busqué y busqué, y muchas veces me frustré por volver con las manos vacías. Salí, sí que salí. A veces no fui más allá de las vidrieras, otras entré y miré, algunas hasta me probé. Pocas veces compré.


Me voy enojada. Sigo llorando, con la mandíbula tensa. Me da miedo no imaginar esa remera.

martes, 14 de junio de 2011

Under Construction

Es un lugar que no conoce. Según su imaginario podría tratarse de cualquier camino de tierra en medio de la selva. Está adentro de un auto, sentada en el asiento de atrás con dos personas a las que no logra mirarles la cara. Adelante, solo hay un conductor.
Mira por la ventanilla y reconoce esa roca gigante. Sentadas sobre la piedra, dando de mamar, se encuentran las tres mujeres que ofrecen sus artesanías y, otra vez, no le piden nada. Quizá sea porque ella está lejos, avanzando en el vehículo. Se asoma por la ventana y ve que, donde debería estar la laguna, el camino de tierra se convierte en uno de barro bordeado por árboles y plantas. La roca, las mujeres y los bebés desaparecieron. Marrón y verde. Y rojo. Ella tiene el poder de elevarse y lo hace; es entonces que identifica el vehículo rojo en el que se transporta. No alcanza a observar dónde termina el sendero. Debe ocuparse de lo inmediato: cómo cruzar la parte del camino que se mueve. Piensa que puede ser como la arena movediza pero no lo puede asegurar. El tramo que debe cruzar se mueve a un ritmo constante, de izquierda a derecha; hay rastros de otros vehículos flotando en charcos de barro. No desespera porque ve que hay huellas secas más allá, que se pierden en la selva, y se da cuenta de que si van despacio, pisando la tierra firme, podrán llegar.
Está sentada atrás, del lado de la ventanilla. Sigue sin distinguir los rostros de los pasajeros; explica lo que cree conveniente para llegar a salvo al otro lado. El conductor mantiene la aceleración y se dirige directo adonde el barro se mueve, cerca de donde flotan las piezas sueltas de otros que fracasaron. El vehículo frena de golpe al atascarse entre tanta agua y tierra. La trompa se eleva mientras que la parte trasera comienza a meterse en la tierra tímidamente hasta que el auto está perpendicular a la superficie. En el interior hay gritos, histeria; ella intenta destrabar la puerta pero no puede. Para abajo, el auto se va para abajo y nadie sabe qué pasará allá. Creyendo que es lo último que hará, baja la ventanilla. No entiende por qué el barro no entra y la golpea, pero no busca una explicación sino agarrarse de la puerta para salir.   
Está afuera, sentada en la roca con los pasajeros del asiento de atrás cuyas caras se desdibujan. No sabe si el conductor logró salir. Ella mira, sentada junto a las tres mujeres que han puesto a sus niños a dormir, que lo único rojo que flota en este extraño lugar, es la carcasa de un espejo.

Alguien toca bocina. Ella sale, sube al auto rojo y toman el camino de tierra.


lunes, 16 de mayo de 2011

¡Sorpresa!


—Vic, ¿vamos a tomar algo? —él preguntó.

Nos conocimos hace años y, desde entonces, nos cruzamos cinco veces. En cada uno de esos encuentros, hablamos durante horas, como si nos conociéramos. Después de estos episodios casuales, hasta la próxima; contacto cero.

Ante mi falta de respuesta él volvió a hablar:— Vicky, te estoy hablando, ¿vamos a tomar algo?  
Me quedé callada porque me sorprendió, pensé que ni sabía mi nombre. Y hablar de la sorpresa que me causó que, de la nada, me dijera de hacer algo.

Lo que sorprende, es que te sorprenda.

viernes, 8 de abril de 2011

Los tres chanchitos

Es de noche. Una noche de tormenta pero antes de la tormenta, cuando el viento comienza a soplar, cada vez más fuerte.

No hay persianas en la habitación. Una tela apenas oculta la luz durante el día; ahora se mueve, el aire que logra entrar la hace bailar. De repente pega saltos, entra luz; vuelve a bajar, hay oscuridad.

El viento no cesa. Su intensidad aumenta, disminuye, vuelve a arrancar; la cortina se levanta y cae, vuela más alto y vuelve a caer. Entra luz, un relámpago. Cuando todo se apaga, el predecible trueno ensordece. El viento sopla, los destellos de luz son más frecuentes.

Sale de sí, se observa desde arriba. Se encuentra acurrucada. Ve que cerró los ojos; parece que no quiere asimilar lo que puede ver. Pero no puede evitar escuchar; no puede evitar sentir el aire que entra a pesar de la pared y la ventana. Se acurruca más. Sos una niña, esto le pasa a los chicos.

  
Racionaliza, sabe que los remolinos están en su imaginación, que la ferocidad del lobo no levantará la estructura. No sirve de nada, nada la convence.

Imagina que el viento arrasa y, que ella, sola, en medio de los escombros, se levanta. Volver a empezar no le da miedo. Se pregunta si el temor es que el lobo sople y todo permanezca en su lugar.

martes, 8 de marzo de 2011

En palabras

'Un carrete de hilo. Tanto hilo tiene que esconder algo. Hay que empezar por tirar del hilo. De eso se trata desenrollar,' me lo dice a mí, sin pronunciar una palabra.


Acepta jugar; se frustra rápido. La ansiedad le gana una mano (otra más). Ella quiere ver el plástico, el cartón, el material que sea, rápido. Ya.


Se detiene. Agarra el centímetro, los alfileres, agujas, retazos... Me dice que quizá falte para llegar al plástico, o al cartón, o al material que sea; que quizá, incluso, nunca lo vea. Pero agarra el carrete, y empieza a hilar. Empieza a nombrar.


La angustia, incontrolable.
La vida, propia.
El miedo, no abandona.
Esos planes, incontables. 
La soledad, necesaria.
La distancia, desgarradora.